Juegos para todos

Una de las cosas que pronto te das cuenta cuando te embarcas en la aventura de ser madre es que no te puedes dividir, que quizás siempre habrá alguien que en tu reparto de amor pueda salir perjudicado y que, aunque quieras llegar a todo, muchas veces no lo conseguirás.  Primero es el padre que se siente desplazado con la llegada del primer bebé al hogar y después es tu hija mayor la que te dice que ya no la haces tanto caso porque su “hermanita”, esa que ella nunca pidió, le ha “robado” un cachito de mamá. Así con todas, intento buscar ideas o proponer actividades en las que todos podamos participar y disfrutar, pero aquí me doy cuenta de que entra en juego otra variable:  los casi cuatro años de edad  que se llevan mis hijas (la mayor cumple ahora 6 años y la pequeña acaba de hacer dos). ¿Existen juegos para todas la edades? Los hay, imagino, pero sino, yo me los invento.

El hecho de que mis hijas se lleven cuatro años de edades es casual y es que creo que en esto de tener hijos poco se puede programar. Sí es que cierto que entre las ventajas que he visto en los primeros años está que la mayor es ya un poco más independiente y, al menos, no me junté con la circunstancia de tener que llevar dos carritos o cambiar pañales a dos bandas. Por el contrario, entre los puntos negativos, está el hecho de que cuatro años en edades entre los 2 y los 6 años implica un grado de madurez totalmente distinto y unas necesidades, en algunos casos, difíciles de complementar. De aquí que cuando elegimos una obra de teatro somos conscientes de que si le gusta a Ana, Elena con toda probabilidad se aburrirá o dirá “que es para bebés”. Y lo mismo cuando el plan del cine es más acorde con la edad de Elena: en esos casos Ana no aguanta la hora y media sentada en la butaca y terminamos papá y mamá saliéndonos fuera, o como las últimas veces, yendo uno solo con la mayor.

En casa ocurre algo parecido en el instante que nos tiramos literalmente al suelo a jugar. Por ejemplo, el escondite. Mientras Elena busca el sitio más difícil donde guardarse para que no la encontremos hasta por lo menos pasados cinco minutos, Ana siempre es la persona delatora que nos chiva el lugar escogido por su hermana, provocando el enfado de esta. ¡Ays, las relaciones de hermanos! Por no hablar del momento en el que intentamos jugar al parchís o a la oca, ¡misión imposible si Ana está merodeando cerca! Pero… el otro día dimos con un juego adaptado a las necesidades de cada una.

Surgió de la manera más tonta. Una amiguita de la guardería de Ana le regaló unos dados de colores hechos en foam, un material de fácil uso para los peques. La idea inicial, me imagino, era construir pequeños bloques o torres, pero en casa le hemos dado la vuelta. Estos dados se han convertido en el instrumento perfecto para que Ana aprenda poco a poco los colores (en español y en inglés) y en el método más divertido para que Elena practique las sumas y las restas. Y así es como nos pasamos las tardes de calor de este mes de junio, jugando, pero jugando las tres juntas, sin pensar si alguna de las dos se aburre o se enfada. Y la idea parece que ha cuajado tanto, que he comprado más dados para que la diversión nos dure… ¿todo el verano? Quizás es mucho, lo sé, porque los niños, al menos las mías, necesitan cambiar cada cierto tiempo de actividad, aunque luego pasado un tiempo vuelvan a reclamarla. Pero algo se nos ocurrirá, algo que seguramente está más cerca de lo que pensamos, porque mayores y niños al final con lo que más nos entretenemos es con las cosas más sencillas. Por eso os animo a que busquéis en la caja vieja de juguetes o en la nueva, da igual, para intentar dar un nuevo uso a ese juguete que en principio pasó sin pena y sin gloria; y que también intentéis, muchas veces no se puede, buscar actividades que unan a toda la familia, independientemente de la edad que tenga rcada miembro. Y aquí os adelanto una idea que trataré en uno de mis próximos posts: ¿Conocéis el juego del Story Cubes? ¡Genial!

¡Hasta la próxima semana!

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