Un poco de filosofía para cada día

“El principio de la educación es predicar con el ejemplo”
Anne-Robert Jacques Turgot

“Lo que el maestro es, es más importante que lo que enseña”
 Karl A. Menninger

 “La educación es algo admirable, sin embargo es bueno recordar de vez en cuando que nada que valga la pena saber puede enseñarse”
Oscar Wilde

 Un post escrito para Mamá tiene un Plan por Sácate el Carné de Padres

Probablemente todos hemos oído la frase “haz lo que yo te diga, no lo que yo hago”. Esta bienintencionada pero completamente fallida expresión es el reverso de las tres citas que abren este capítulo.

La frase en sí misma implica una contradicción, porque si tengo que recalcar que hagas lo que digo y no lo que hago, será porque yo mismo no hago lo que digo. Empezamos bien… cuando a un niño se le dice esto, o algo similar (es decir, se le dan unas instrucciones o normas que nosotros mismos no cumplimos), son los propios padres quienes están boicoteando la educación, o por lo menos ese aprendizaje en concreto.

El ya clásico “¡No se pega!” mientras sacudes al niño ilustra esto a la perfección: tú podrás decir misa, pero el niño está experimentando que la violencia, de hecho, es efectiva y es un recurso que se puede usar. Y cuando algo que nos cuentan contradice nuestra experiencia, lo más normal es que prevalezca la experiencia. La sensación que generan en el niño estas incongruencias en la figura de autoridad es la misma que cuando tenemos delante un dietista obeso, un asesor financiero arruinado o un psicólogo que está algo mal de la chaveta: ¿aceptarías sus consejos, aunque parecieran razonables? Quizá sí, pero no te generarían la misma confianza que otros profesionales que se aplicaran el cuento. En el caso del niño, también se produce esta pérdida de credibilidad.

Vemos, entonces, que como dicen Turgot o Menninger lo más efectivo es predicar con el ejemplo. Más que nada porque si predicamos, a secas, y hacemos luego otra cosa, el resultado predecible será que a la larga el niño tenderá a imitar nuestro comportamiento, no nuestras palabras. Y habrá aprendido también que somos unos hipócritas redomados.

Sin embargo, ¿qué hace ahí esa frase de Oscar Wilde? ¿No desentona un poco con las otras? Lo cierto es que encierra un malentendido que resulta bastante ilustrativo: en esta frase, Wilde usa la palabra “educación” para hablar de la instrucción más académica, las enseñanzas de contenidos propias del colegio y la universidad. Y podemos suponer que al mencionar esas otras cosas “que valen la pena”, no está hablando de conocimientos, sino de actitudes, valores, formas de ver la vida, ética, apreciaciones estéticas y cosas similares. El error es suponer, como hace Wilde, que estas otras cosas que valen la pena no se pueden enseñar. ¿Cómo se hace esto? La clave la tenemos en las otras dos frases.

Lo cierto es que las cosas que se aprenden son muchas y muy variadas, e incluyen todas esas cosas que para Wilde merecen la pena. Lo interesante es que nadie aprende su sentido estético o su forma de tomarse la vida sentándose a estudiar las diferentes alternativas y luego eligiendo (“Mmm… hoy voy a probar a ser estoico”) o porque le expliquen la conveniencia de tener un modelo del mundo nihilista o posmoderno. No se trata de un aprendizaje tan fácilmente delimitado como aprenderse los ríos de España o cómo se resuelven ecuaciones de segundo grado, sino de algo sometido a incontables influencias y forjado en las situaciones más variadas, ya sean estas sutiles o evidentes.

Además, todas estas cosas están en constante cambio, aunque muchas veces no lo parezca. Aunque solo sea para afianzarse todavía más. Por ejemplo, todos los días seguimos aprendiendo, o confirmamos nuestro aprendizaje, de que Matías no es de fiar, o de que no merece la pena discutir con Fulanito, o que quedar con Pepita es mejor que tomarse un Valium. Y un niño, de pequeño, va a ir aprendiendo todos los días, en base a sus interacciones, cosas sobre el mundo que formarán parte de este durante toda su vida. El problema, o la cuestión, es que su forma de  ver y vivir y el mundo, las relaciones, a sí mismo, no se reduce al día en que nos sentamos con él y le decimos: “mira Juanito, el mundo es así”, sino que se va creando sin hacer ruido y sin que nadie se dé cuenta. Y se va creando en base a cómo le trate la gente de alrededor, principalmente los padres.

Aquí entra con toda su fuerza la frase de Menninger “lo que el maestro es, es más importante que lo que enseña”. La única pega que le podemos poner es que, en realidad, “lo que el maestro es” también le está enseñando cosas al niño, aunque de una manera quizá menos evidente. El niño aprende con cada interacción, independientemente de que esta sea una explicación por parte del maestro, una bronca por tirar los macarrones o un beso de buenas noches. Lo interesante, y lo que conviene saber, es que en cada una de estas situaciones aprende diferentes cosas de diferentes formas.

Por ejemplo, imaginemos que el niño está construyendo una torre con LEGO. En el caso A, el padre o la madre, jugando con él, le  van diciendo “mira Pepín, si la haces así se va a caer, vamos a hacerla de esta otra manera. Pon aquí la pieza roja…”. En el caso B, le dicen “¿Vas a hacer una torre, Pepín? ¿Así te gusta? ¿Y esa pieza? Mira, apoya ahí a ver si aguanta la torre. ¡Se ha caído! ¿Qué podemos poner para que se sostenga? ¿Eso? Muy bien, ¿dónde lo ponemos?”.

En estos dos casos los padres están ayudando a Pepín a hacer la torre. Sin embargo, en el caso A, se lo están dando mascadito y el niño se limita a seguir instrucciones. En el caso B, vemos que están haciendo que sea el niño quien descubra la forma de hacerlo a través de preguntas. En este segundo caso, le están enseñando la forma de pensar eficazmente cuando se enfrente a problemas de ese tipo: en qué cosas tiene que fijarse, qué tipo de preguntas tiene que hacerse… y además hay una exigencia para que el niño se esfuerce y piense de manera activa, con lo que también aprende a poner en marcha esos procesos de pensamiento en situaciones en las que hay que resolver algo. El niño de A aprende a depender de las instrucciones, las normas y la autoridad para saber qué hacer. Y démonos cuenta de que este aprendizaje se produce no porque los padres le digan “hay que pensar de esta forma para resolverlo, Pepín”, sino de forma implícita en la interacción.

Otro ejemplo puede ser nuestra reacción a los logros del niño. Cada vez que nos enseña un dibujo, o un cuento o un chiste que se ha inventado, nuestra reacción marca qué importancia tiene ese logro concreto, y será la que el niño acabe dándole a las cosas.  Si solo mostramos entusiasmo cuando trae buenas notas, pero al enseñarnos un dibujo o hablarnos de su nuevo amigo lo despachamos con un “muy bien Pepito”, el mensaje que le va calando al niño es que lo único que realmente importa son las notas, lo de tener amigos o ser creativo tampoco vale para tanto.

Un ejemplo más, cuando son más pequeños y empiezan a gatear y luego andar, el cómo reaccionemos nosotros a sus caídas o heridas también tendrá su importancia. Si cada vez que se tropieza hay una alarma nuclear, seguida por una inspección pormenorizada de la rodilla y muchos besos, el niño aprenderá que eso de las caídas y evitar el dolor es la prioridad número 1, más importante que explorar o jugar.

Sé que contando estos ejemplos pueden parecer muy exageradas las consecuencias y generalizaciones que estoy describiendo. Pero hemos de tener en cuenta que todas estas interacciones no suceden una vez: las caídas, preguntas o juegos son situaciones que se repiten cientos y cientos de veces a lo largo de la infancia, con lo que el tono general va calando por repetición. Aparte de que los ejemplos que he puesto son algo exagerados para que quedase más claro, la idea general es la misma: la dinámica de nuestras interacciones acaba permeando en los valores, actitudes y percepción del mundo del niño.

Esta es la clave de las tres frases que abren el capítulo. Cuando estos pensadores hablan de enseñanza, suelen limitarse a pensar en la enseñanza de contenidos tipo colegio, pero se olvidan de que la forma de ser, los valores, y las “cosas que merecen la pena” se aprenden también a través de la interacción con los demás. Lo único que tenemos que tener claro es que este aprendizaje se produce a través del tiempo y de una manera muy sutil, implícita en todo lo que hacemos y no explícita como los aprendizajes del colegio.

¿Qué hacer?

Tampoco se trata ahora de obsesionarse y empezar a medir cada palabra que decimos. Pero seguramente no esté de más pararnos un poco a observar lo que solemos hacer en distintas situaciones y ver qué tipo de mensaje está mandando al niño. Si detectamos algo que nos gustaría mejorar o cambiar, ahí podemos concentrar nuestros esfuerzos, sin tener que estar pendientes de todo a todas horas.

Aun así puede ser difícil. A veces hacemos algo porque no encontramos otra alternativa (“sé que no sirve de nada castigarle una y otra vez por hacer esto, pero no puedo dejar que lo haga y se vaya de rositas ¿no?”). En estos casos tendremos que tirar de las herramientas que nos proporciona la psicología (uso planificado de refuerzos, castigos y control de estímulos) para ayudarnos a ver estrategias alternativas de lidiar con la situación, aunque este no es el lugar de profundizar en ellas.

Si quieres profundizar en estos temas, no dudes en contactar con Sácate el Carné de Padres.

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Sobre Diana

Soy periodista, emprendedora, amante del teatro (sobre todo infantil) y de los buenos planes (en familia, en pareja, entre amigos, en solitario...). Un día, después de un montón de casualidades, decidí lanzarme a la aventura de poner en marcha mi propio proyecto profesional: Mamá tiene un Plan. Hoy, tengo dos peques (niña y niño) y muchas ilusiones, a los que dedico todo mi tiempo y energía. En el viaje me acompaña un hombre maravilloso (al que dedico menos tiempo del que me gustaría y quiero con locura) y una gran familia a la que adoro que hace posible que todo lo demás siga girando. @Diana_M_N

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