Un paraíso en Madrid

Soy madrileña de pura cepa, de las que dicen eso de “ej que” y de las que de pequeña sus padres la llevaban domingo sí y domingo también a pasar el día entero con bici, nevera y gorra a la Casa de Campo, ya que nos pillaba a un tiro de piedra de nuestra casa. Y quizás esa es la razón por la que he tardado 40 años en descubrir un maravilloso lugar pegado al centro de Madrid, un pequeño rincón verde donde se puede hacer turismo cultural, gastronómico, pero donde sobre todo pequeños y mayores podemos relajarnos y respirar aire puro. Aquí os cuento en qué consistió nuestro día en familia en El Pardo.

image[2]Creo sinceramente que los mejores días son aquellos en los que haces todo de manera improvisada y sin programar nada, y eso fue lo que nos pasó hacer un par de semanas a mi familia y a mí. Sentíamos que teníamos que escapar del agobio de la ciudad, trasladarnos a algún sitio donde poder poner la mente en blanco y que nos permitiera coger fuerzas en esta recta final antes de las ansiadas vacaciones de verano. No sabíamos muy bien dónde encaminarnos, ni tampoco si llevarnos comida (bueno, para la pequeña de 13 meses sí) o si meter en el coche la bici, la pelota o el patinete, así que con lo puesto nos montamos en el coche y pusimos rumbo por la M-30 a El Pardo. Varios amigos nos habían recomendado este lugar para pasar un día de campo o para dar una vuelta, e incluso, para ir a comer. Algunos, como mi vecina Elena, nos aconsejaron quedarnos a la entrada del pueblo, porque es una zona con merenderos y se está muy bien, pero pasamos de largo porque no había sitio para aparcar. Sin querer íbamos directamente al pueblo, como nos había recomendado Celia, otra de mis vecinas, para tomar algo por ahí y después subir a la zona alta, conocida como el Cristo. Pero tampoco entramos, porque al hacer la rotonda vimos que estaba atascado todo y seguimos de largo. Y así fue cómo nos encaminamos hacia la Colonia de Mingorrubio y ¡qué buen descubrimiento!

image[1]Lo primero que hicimos fue inspeccionar la zona y, para nuestra sorpresa, tenía todo lo que queríamos. Por un lado, un camino plano rodeado de flores por el cual podíamos ir sin problema con carrito, mientras le contábamos a Elena alguna historia inventanda sobre la marcha. Después porque, tras andar un ratito, llegábamos a una explanada  ideal para tirarnos al suelo sin más preocupaciones que la pequeña Ana de 13 meses no se comiera una hormiga. También porque al lado de donde establecimos campamento había un parque con tobogán y un montón de arena donde poder hacer “comiditas” y esto sin olvidarnos que también cerca había una fuente para llenar el cubo de agua y hacer “comiditas” aún más ricas. Y mientras disfrutábamos de este entorno, se escuchan de fondo los jabalíes y gamos de la zona, que se puede contemplar en este paraje. ¡Qué más se podía pedir! Y, bueno, lo que no he comentado y es importante. Antes comimos y lo hicimos justo en una terraza que está al otro lado de la carretera y donde la relación calidad-precio está muy bien, aunque para la próxima, que no será muy tarde, lo tenemos claro: nos llevamos la ensalada, la tortilla y el agua bien fresquita para hacer un día de campo 100%, ¡como Dios manda!

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