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Las bibliotecas molan, mamá

El próximo viernes, Elena y una servidora tenemos una cita muy importante. Está  apuntada en el calendario de nuestra cocina desde hace un mes y no se nos puede, o mejor dicho, no se me puede pasar, porque si eso llegase a ocurrir, mi hija se enfadaría muuuuucho conmigo. Os preguntaréis, ¿qué pasa: tendrán entradas para ver el espectáculo Disney On Ice o quizás vayan a conocer a LadyBug y Catnoir en persona? ¡Algo más divertido y emocionante! 

Para Elena las bibliotecas son sinónimo de diversión, entretenimiento y “cosas chulis”. Desde que  empezó a caminar y a hablar, y siguiendo el consejo de mi amiga Bea que cada semana cuando sus hijos eran pequeños los llevaba a que cogiesen un libro, empecé a mostrarla ese lugar tan maravilloso lleno de cultura, ocio y sabiduría. Tengo que reconocer que a mi favor también ha jugado que la biblioteca de mi barrio organiza cada domingo talleres y cuentacuentos, y que tiene una fantástica zona infantil para bebés, donde estos pueden estar bastantes libres, siempre claro dentro de unos límites. En estas circunstancias, Elena desde que tenía aproximadamente dos añitos ha visto la biblioteca casi como una segunda casa y como una opción de ocio más. Pero lo que ha motivado que últimamente hayan aumentado sus ganas de realizar más de una visita a una biblioteca es el hecho de que “castigasen” a mamá sin poder un coger un libro porque… ¡se le pasó llevarlo el día que le señalaron! (En mi defensa diré que era el viernes 30 de diciembre y que con los preparativos de Nochevieja se me olvidó. ¡Demasiado que me acordé de comprar las uvas!). Desde ese momento, y como si de un reto se tratase, cada dos semanas vamos a buscar un cuento y espera con emoción el momento en el que le ponen el sello con la fecha de entrega. Claro, que después de eso me está todos los días preguntando “¿cuándo llega?, ¿cuándo es el día que tenemos que devolver el libro?, ¿cuánto queda?”. Pero estoy contenta, porque además de enseñarle todas las cosas buenas que encierran las paredes de una sala con libros y fomentar en ella el amor por la lectura, Elena ha tomado conciencia no solo de que todo el mundo nos equivocamos, sino de que hay que ser responsable y cuidar lo que no es nuestro.

Otra “excusa” que os puede servir para que vean todas las cosas buenas que tienen las bibliotecas es lo que hacemos algunas madres a la salida del cole. Los días que la profesora les manda una ficha -pintar un dibujo, leer un cuento, escribir la letra que corresponda o los números que estén dando- quedamos en la biblioteca de la zona para hacer juntos la actividad. Al estar todos juntos, no les cuesta nada de trabajo, a veces se echan una mano, otras compiten entre ellos y, de vez en cuando, se pierden entre sus pasillos para buscar si han traído algún título nuevo de Las tres mellizas, en el caso de Elena.

Y es que al final, como decía en el post de la semana pasada, el comportamiento de los niños se basa mucho en la imitación, y si ven que a nosotros nos agrada ir a un sitio, ellos sentirán atracción por ese lugar; y si notan que la lectura es una actividad que nos divierte, ellos también querrán probarla; y si, además, es algo que podemos compartir en familia, ¡el plan es redondo! ¿Y si vamos este fin de semana todos a la biblioteca? ¡Ya nos contaréis qué tal!

 

 

 

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